Perspectiva Sonora

Desde niño mi nana Angela Samaniego me hizo saber que el vivir o morir no dependen totalmente de los doctores (la ciencia), ni que nosotros mismos queramos una u otra cosa; sino de un Dios que todo lo puede.

Este viernes por la madrugada escribo estas líneas como una forma de consuelo y en justo homenaje y agradecimiento a mi papá Manuel Madero Atondo, “El Cocas”, quien acaba de fallecer a los 82 años de edad.

La maldita pandemia que estamos sufriendo le aceleró los achaques comunes que tienen los adultos mayores.

Aunque físicamente no estuvo rodeado por nosotros por encontrarse internado en el hospital del IMSS (ya que no dejan entrar), sí contó con el cariño y las oraciones de sus ocho hijos (uno de ellos fallecido recientemente), 20 nietos y tres bisnietos que lo recordaremos por siempre.

El trato callado, amable y cariñoso de mi apá para con sus hijos, nietos y hermanos; es algo que admiraremos junto a esa tenacidad para nunca darse por vencido ante las adversidades que tuvo en su vida.

A sus ocho hijos nos dio de comer, nos compró ropa para la escuela y juguetes para Navidad; además de darnos estudios a quienes así lo quisimos.

Y nunca nos faltó nada.

Este miércoles por la mañana que hablé vía celular con él, tuve el impulso de agradecerle nuevamente todo lo que hizo por nosotros; además de recomendarle la necesidad de que se alimentara bien y se tomara sus pastillas para la próstata, los riñones y la alta presión.

Me prometió que sí lo haría, aunque para ello tuvieran que recordárselo mis hermanas; pues estaba consciente que su memoria ya no era como la de antes.

Les debo presumir, pues, que en sus 60 años de boticario formado a la antigua por Don Francisco L. Carreón, siempre destacó por preparar las fórmulas que mandaban los doctores en sus recetas.

También logró muchos sueños personales.

Uno de ellos fue ampliarnos la casa en Villa de Seris, tener un buen carro, poner una farmacia por el boulevard Vildósola y principalmente saber que todos sus hijos se habían construido una forma honesta y digna de vivir.

Igual como la tuvo él.

Aunque nadie sabe qué hay después de esta vida, yo confío en que por sus méritos en este mundo mi apá volará o caminará al lugar que Dios le indique.

Quizá al lado de mi nana Chú, de mi tata Eugenio, de mi tío Né, de mi hermano Tito, de mi tía Lupita o de sus primos Pancho Rivera o Vicky Gálvez.

Estos últimos cuatro recientemente fallecidos.

No diré descanse en paz mi papá Manuel Madero Atondo, ya que siempre estará en nuestras mentes y corazones.

Hasta siempre, apá.

Puede ser una imagen de 1 persona y anteojos




OPINIONES SOBRE ESTA NOTA

COMENTA ESTA NOTA

Su correo electrónico no será publicado.
Son obligatorios los campos marcados con: *