
Por: Marco Antonio Villa Acedo
Hermosillo, Sonora, México. — Recuperar la libertad debería significar comenzar de nuevo. Sin embargo, para algunas personas que salen de los centros penitenciarios de Sonora, la libertad puede comenzar caminando por las calles, sin dinero para el transporte, sin pertenencias y, en algunos casos, sin que sus familiares sepan siquiera que han recuperado su libertad.
El caso de un hombre originario de Ciudad Obregón, quien recientemente salió del CERESO de Hermosillo, vuelve a poner sobre la mesa una situación que merece atención de las autoridades penitenciarias y de los organismos de derechos humanos.
De acuerdo con el testimonio conocido, al recuperar su libertad tuvo que enfrentar el problema de cómo regresar a su lugar de origen. Su familia no tenía conocimiento oportuno de la audiencia ni de que sería puesto en libertad.
La situación no sería aislada.
La semana pasada, otro interno que obtuvo su libertad tuvo que retirarse caminando, debido a que no había familiares o personas conocidas esperándolo a las puertas del centro penitenciario.
BUSCAN A LOS FAMILIARES DE SUGEY GUADALUPE COVARRUBIAS LUCERO RECIENTEMENTE OBTUVO SU LIBERTAD EN EL PENAL DE HERMOSILLO.
Informo la activista Alba Luz Borbon de Cajeme que ha sido vista en calles de la colonia Nuevo Hermosillo, al sur de Hermosillo.
De acuerdo con el reporte, actualmente se encuentra en situación de calle, aparentemente enferma y solicitando alimento. Ella menciona tener familiares en Ciudad Obregón y haber salido recientemente de un centro penitenciario.
¿QUIÉN SE HACE CARGO DEL LIBERADO?
La pregunta resulta inevitable:
¿Qué sucede con una persona que después de permanecer años privada de su libertad recupera su libertad, pero no tiene dinero, transporte, documentos, pertenencias o familiares que puedan acudir por ella?
La libertad no debería convertirse en una nueva forma de abandono.
Una persona que ha cumplido una sentencia o que obtiene su libertad por una determinación judicial debe recuperar plenamente sus derechos y contar, al menos, con las condiciones mínimas para regresar de manera segura a su lugar de origen.
Por ello, resulta necesario analizar la posibilidad de establecer un protocolo de egreso digno de los centros penitenciarios de Sonora, que contemple, entre otras medidas:
• Avisar oportunamente a los familiares, cuando sea posible y legalmente procedente.
• Verificar el lugar de origen de la persona liberada.
• Entregarle sus pertenencias y documentos personales.
• Proporcionarle orientación sobre los servicios a los que puede acudir.
• Y, cuando no exista una red familiar o de apoyo, garantizar recursos mínimos para su traslado de regreso a su hogar.
No se trata de un privilegio.
Se trata de garantizar que una persona que recupera su libertad pueda ejercerla de manera digna y segura.
SALIR EN LIBERTAD NO DEBE SIGNIFICAR QUEDAR EN EL ABANDONO
Después de años de encierro, resulta difícil imaginar que una persona pueda salir por las puertas de un centro penitenciario y encontrarse completamente sola.
Sin dinero.
Sin transporte.
Sin saber a quién acudir.
Y, en ocasiones, sin que su propia familia tenga conocimiento de que ya está en libertad.
La sociedad tiene derecho a exigir que el sistema penitenciario no solamente se ocupe de una persona mientras permanece privada de su libertad, sino también de las condiciones mínimas en las que recupera su vida en sociedad.
La reinserción social no termina cuando se abre la puerta del CERESO.
Ahí comienza.
UN LLAMADO A LAS AUTORIDADES
El caso debe servir para abrir una discusión seria en Sonora.
La autoridad penitenciaria, el Poder Judicial, los organismos de derechos humanos y las instituciones encargadas de la reinserción social deberían revisar qué protocolos existen actualmente para atender a las personas que recuperan su libertad y qué sucede cuando no hay familiares o conocidos que puedan recibirlas.
Porque garantizar los derechos humanos no significa únicamente evitar abusos dentro de una prisión.
También significa garantizar que, cuando una persona recupera su libertad, no sea abandonada a su suerte en la puerta del centro penitenciario.
Un pasaje para regresar a casa puede parecer una ayuda pequeña.
Para una persona que acaba de recuperar su libertad después de años de encierro, puede significar la diferencia entre regresar con dignidad a su familia o quedar completamente a la deriva.
La libertad debe abrir una puerta hacia la reinserción, no hacia el abandono.